Metamorfosis

Cuando despertó, apenas quedaba nada de lo que ella había sido antes. Su olfato le ofrecía un festín de posibilidades y era tan fino que lo que olía parecía dar información hasta de su textura. Su hambre era voraz y sus imperativos para saciarla mayores que lo que quedaba de su yo. De un largo salto recorrió con fuerza la distancia entre su cama y la puerta de su habitación, derrivándola al instante y devoró a una de las personas que se encontraban tras ella mientras los demás conseguían gritar horrorizados.

Ya más tranquila, la parte humana que había sido mujer, necesitó darse alguna explicación a lo que sucedía, apenas un susurro en su ser felino. Se dirigió al baño acercándose al lavabo e hizo aquel gesto que miles de veces había repetido desde la infancia y más aún después. Se alzó con las patas traseras apoyadas en el suelo y las delanteras en la cerámica y … se miró al espejo.

“Qué hermosa soy”, pensó a la par que una voz amortiguada gritaba tras su frente de piel y pelo atigrado. Un ojo felino la miraba con intensa indiferencia mientras el otro, oscuro, con su línea de ojos aún trazada de la noche anterior, cuando su boca todavía eran labios y no fauces, intentaba abrirse paso en su mirada y era vencido.

Después de un rato, satisfecha, sonrió, aunque su preciosa nueva boca no lo dibujó.

Transformarse en un monstruo no implica percibirlo como tal. Enseguida olfateó algo nuevo e interesante al exterior y salió a investigar.

JANTE

 

 

 

 

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