CAMALEÓN

CAMALEÓN

Se quedó muy quieto, cegado como estaba por la luz. Dónde se encontraba. Poco a poco sus ojos se acostubraron para deslumbrarse de otra manera ante el paisaje que le incluía. Pastizales, grandes elevaciones de roca desnuda y la más amplia diversidad de plantas y árboles que pudiera haber soñado se combinaban en un loco conjunto que aún así mantenía cierta coherencia de hábitat tropical. Se levantó pesadamente, dolorido en todo su cuerpo y muerto de sed y en estado semihipnótico llegó agradecido hasta la sombra de un enorme árbol en el que se derrumbó de cansancio.

“Que demonios estoy haciendo aquí, tengo que recordar”, pensó angustiado, además de la pesadez de mente era consciente de que sus pulsaciones eran cada vez más lentas, si seguía así sería incapaz de volver a moverse o se desmayaría. Pero entonces se fijó en su cuerpo tendido y los ojos se le desorbitaron. Al principio creyó que había perdido los miembros. Después, no menos alarmado, descubrió el porqué de esa percepción; las zonas de piel desnuda fuera de su vestuario de manga y pantalones cortos para el calor parecían haber desaparecido, pero no, en contacto con el árbol y las raíces en el que se había parado a reposar habían tomado su mismo aspecto, adquiriendo idéntico tono gris parduzco y ¡mira!, ahí en ese pedacito de rodilla tenía el color rojizo de la tierra en la que apoyaba. Se habría levantado de un salto pero le era imposible y a pesar de la alarma y luces rojas en su cerebro, su pasividad era completa y el ritmo cardíaco casi nulo. Se fundía con el paisaje y alarmado vio como un lémur de sorprendida expresión pasaba a su lado sin ni siquiera verle.

Percibió un movimiento por encima de su cabeza. En el tronco, un pequeño camaleón le miraba de medio lado. Pensó que esa forma de mirar le daba un aire desconfiado. Su cola retorcida en forma de interrogación, parecía plantear un enigma. Todo su enigma.

– Hola compañero, – susurró con la garganta seca- qué estoy haciendo aquí. Y de paso podrías tener la amabilidad de decirme quien soy y dónde estoy.

 ordena esa tecla – escuchó en su mente, al parecer como respuesta del animalillo.

Aquello no le decía nada, no sabía si deliraba y empezaba a sentir que era más importante sobrevivir. Sabía por lo que fuera que ese árbol era un baobab. En sus troncos bulbosos de apariencia invertida se encontraban reservas de agua. Sacó con esfuerzo una navaja suiza que llevaba en el trasero del pantalón, alucinado al ver como el brazo volvía a su color al despegarlo del tronco. Hincó la punta con toda la fuerza de la que fue capaz y un hilillo de agua dulzona manó del interior. Sorbió con avidez durante un rato prolongado. El camaleón seguía mirándole con su ojo teledirigido, su cola rizada en forma de interrogación justo por encima de su cabeza dibujaba la expresión de sus preguntas como si de un cómic se tratara. Se sintió repuesto… claro… estaba en la isla de Madagascar… y él era…era…era… la cola del camaleón se transformó en la curva de una carretera… ésta en luz… una pantalla de ordenador surgió ante él…

Algunos le llamaban “el pianista”, no sin cierto deje socarrón, por la forma en que se pasaba el día tecleando, no era algo que le molestara pues en su fuero interno pensaba que estaba bien justificado si lo que hacía eran auténticas obras de arte, pulcras y bien acabadas, aunque tal vez solo él y alguno de su gremio (no todos) pudieran apreciar la belleza de su obra. Llevaba horas trabajando sin descanso, le habían exigido terminar una programación para el funcionamiento de una maquinaria lechera para ayer y eso no era posible a menos que se quedara haciendo horas extras. Jamás lo hacía pero esta vez era diferente, la empresa no andaba en su mejor momento precisamente e intuía que habría recortes del personal en cuestión de poco tiempo, así que tocaba dejarse los ojos frente a la pantalla y luchar un poco.

Estaba solo y se levantó para tomarse un analgésico para las cervicales, que ya le estaban matando. Pero como hacía ya mucho tiempo le ocurría, antes de abrir la puerta del pequeño botiquín del servicio, pensó en la instrucción programada  echo”abrir puerta” antes de hacerlo y a continuación “de verdad que estoy rallado”, vagamente, ya se había acostumbrado a esa clase de lapsus mentales que le daba su trabajo que era casi una forma de pensar, así que además organizaba metódicamente cada acto antes de realizarlos, no sin cierto fastidio. Se tomó la pastilla con agua del grifo por no molestarse más y aprovechó para echarse una poca en cara y cuello, a ver si se despejaba de una vez.

En circunstancias normales se habría dado una vuelta para continuar menos embotado pero no tenía intención de estar hasta la madrugada en una oficina que hacía ya tres horas que había quedado vacía. Además le apetecía hablar con cierta sirena de mirada contagiosa antes de irse a dormir esa noche.

En algún momento terminó el trabajo. Estaba machacado. Paseó la mirada por el cartelillo de la touroperadora con la isla de Madagascar anunciando el mejor de los destinos y torció la sonrisa  preguntándose quien habría dejado “eso” ahí, con ese regusto a sueño hortera inalcanzable. Cerró la oficina con llave y montó en el coche. De vuelta a casa, por fin. Mientras conducía casi se queda dormido un par de veces, pero no se sintió alarmado. Pensó que tenía en su personalidad la sensación peligrosa de invulnerabilidad que les ocurría a personas con trabajos o actividades que conllevaban un cambio en la percepción de la realidad; ajedrecistas o jugadores de videojuegos, quienes parecían tener la sensación de tener “otra vida” para agotar. Él estaba a punto de añadir una tercera categoría, “la de los programadores con pensamientos programados, que te parece”, se dijo en medio de su autoanálisis pero sin parar para descansar. Entrecerró los ojos en parte para ver mejor la carretera, los tenía agotados, en parte porque se dormía y, antes de llegar a la siguiente curva ya sabía que iba demasiado deprisa para salvarla. Una curiosa imagen surgió en ese instante en su mente: un pequeño camaleón de cola enroscada. Después entreabrió los ojos para ver solo luz y…

Se quedó muy quieto, cegado como estaba por la luz. Dónde se encontraba…

Y mi tributo a un camaleón musical:

 

Estas vacaciones, no os durmáis al volante… 😉

 

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